El metro de Barcelona en una imagen de archivo
El secreto que miles de viajeros pasan por alto cada día en las estaciones del metro de Barcelona
Restos de publicidad pintada a mano, con más de medio siglo de antigüedad, siguen visibles en algunas paradas y conectan el suburbano con el pasado de la ciudad
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Barcelona es una ciudad acostumbrada a convivir con su historia, aunque no siempre la mire de frente. Bajo tierra, lejos de los focos turísticos y del ruido de la superficie, el metro guarda pequeños tesoros que pasan inadvertidos para la mayoría de usuarios.
No se trata de túneles secretos ni de estaciones fantasma, sino de antiguos anuncios publicitarios pintados directamente sobre las paredes, vestigios de otra época que todavía pueden verse en algunas estaciones y que revelan cómo era la vida urbana hace más de medio siglo.
Cada día, miles de viajeros recorren los pasillos del suburbano con la vista fija en el móvil, los paneles informativos o los relojes digitales.
Sin embargo, justo por encima de los rótulos actuales con el nombre de las estaciones, sobreviven restos de una publicidad que nunca fue retirada, sino simplemente cubierta por el paso del tiempo y por sucesivas capas de modernización. Son imágenes silenciosas que siguen ahí, como si el metro se hubiera convertido, sin proponérselo, en un museo involuntario.
Un convoy del metro de Barcelona en la estación
Publicidad pintada a mano, antes de la era digital
Antes de la llegada de los vinilos adhesivos, las pantallas LED o la publicidad programática, los anuncios del metro se realizaban a mano alzada, con pintura directa sobre el muro.
Letras grandes, colores planos y tipografías hoy consideradas retro eran la norma en una época en la que el suburbano era también un escaparate fijo para comercios, productos y campañas institucionales. Aquellos mensajes estaban pensados para durar, no para cambiar cada semana.
Algunos de estos anuncios conservan todavía una sorprendente nitidez. Se intuyen marcas, consignas y estilos gráficos que remiten a los años cuarenta, cincuenta o sesenta, cuando Barcelona vivía una realidad muy distinta a la actual.
La estación de metro de Diagonal en la L5
Su ubicación, generalmente elevada y fuera del alcance directo de los viajeros, ha sido clave para su conservación, protegiéndolos tanto del vandalismo como de las reformas más agresivas.
Passeig de Gràcia y el redescubrimiento viral
Uno de los casos que más atención ha despertado recientemente se encuentra en la estación de Passeig de Gràcia (L3). Un vídeo difundido en redes sociales volvió a poner el foco en estos anuncios olvidados, visibles justo encima de las placas modernas con el nombre de la estación. El asombro de muchos usuarios fue generalizado: durante años habían pasado por delante sin reparar en ellos.
Este redescubrimiento ha servido para abrir un debate sobre el valor patrimonial del metro y sobre la manera en que la ciudad conserva —o ignora— su memoria cotidiana.
Porque estas pinturas no fueron concebidas como arte ni como piezas históricas, pero hoy funcionan como testigos directos de una Barcelona industrial, menos turística y profundamente local.
Una estación del metro de Barcelona en una imagen de archivo
Una cápsula del tiempo bajo tierra
Inaugurado en 1922, el metro de Barcelona es uno de los más antiguos del país. A lo largo de su historia ha acompañado la transformación urbanística y social de la ciudad, y no resulta extraño que haya acumulado capas de memoria en sus estaciones y túneles.
Los anuncios pintados son solo uno de esos rastros, pero quizá de los más elocuentes, porque hablan de consumo, de hábitos y de comunicación visual.
Paradójicamente, este patrimonio permanece a la vista de todos y, al mismo tiempo, invisible. No hay paneles explicativos ni señalizaciones que lo destaquen. Tampoco rutas culturales que inviten a observarlo. Solo quien levanta la mirada o se detiene unos segundos descubre que el metro no es solo un medio de transporte, sino también un archivo urbano vivo.