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Cartel de 'Paraula viva. Homenatge a Joan Maragall i Clara Noble'

Cartel de 'Paraula viva. Homenatge a Joan Maragall i Clara Noble'

Opinión

Clara Noble o 'la paraula morta'

"El Petit Palau ha estrenado una obra efímera sobre la relación entre Joan Maragall y su esposa, a la que el autor catalaniza en un intento vano de crear un nuevo relato de una familia suficientemente conocida y respetada por los ciudadanos"

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Fernando Trias de Bes ha creado un bellísimo espectáculo con el que trata de acercar la poesía al público de nuestros días, además de dar a conocer a la esposa del poeta y la relación entre ambos. Y para ello ha musicado los 15 poemas de Joan Maragall que se cantan en el espectáculo Paraula viva. Homenatge a Joan Maragall i Clara Noble.

El economista y escritor nos descubre su vocación musical en una pieza que gira en torno a los apuntes apócrifos de la esposa del poeta, que se van intercalando a modo de presentación a través de la voz de Sílvia Bel.

La actriz da paso al tenor Roger Padullés, que canta los poemas, y al pianista Miquel Esquinas que lo acompaña con las melodías compuestas por Trias.

Una obra brillante

La obra es brillante, si bien resulta difícil saber en qué medida logrará su objetivo divulgativo porque es de representación única, la que se celebró en la sala Petit Palau del Palau de la Música el sábado pasado.

Está asegurada otra versión, esta vez con orquesta sinfónica, en la sala de conciertos del Palau para el 25 de abril de 2027. Ignoro qué papel tendrán entonces la empresa musical Sing·Us y el diario Ara, los promotores de esta primera edición.

El otro objetivo, el de aproximarse a Maragall a través de su esposa, quizá se haya visto frustrado cuando el autor se inventa un dietario en catalán de Clara Noble Malvido, nacida en Jerez de la Frontera, que solo hablaba castellano, inglés y francés. Esa traducción de sus pensamientos queda justificada en aras a la coherencia de la obra, pero en realidad se la resta.

Familia rica

La acaudalada familia de Clara se trasladó a Barcelona para residir inicialmente en Rambla de Catalunya. Y conoció a Joan en Puigcerdà, donde ambos veraneaban.

La conocida casa del poeta, donde después residirían su hijo Jordi y su nieto Pasqual, se ubicó en Sant Gervasi para estar cerca del domicilio donde se habían trasladado los Noble Malvido. Probablemente, la proximidad buscaba apoyo familiar para la brega de los hijos que el matrimonio iba trayendo al mundo.

Aquella torre, hoy sede del Archivo Maragall, era bilingüe. Además, el infortunio quiso que siete de los 13 hijos de la pareja tuvieran menos de 10 años en el momento de la muerte del padre. Es de suponer que a partir de aquel momento el castellano tuvo incluso más presencia que en la etapa anterior.

Quizá esa castellanización tenga que ver con el hecho de que Jordi, que aún no había cumplido un año cuando se quedó huérfano de padre, terminara casándose con una castellanohablante, Basilisa Mira Azorín. Nacida en Bilbao de familia alicantina, había estudiado en la Institución Libre de Enseñanza, en Madrid; era republicana y liberal.

Pasqual Maragall bromeaba con Pedro Solbes, el alicantino ministro de Felipe González y Rodríguez Zapatero, con la posibilidad de que fueran primos lejanos por la coincidencia del segundo apellido de ambos y el origen de su familia materna.

Y puede que aquel plurilingüismo también esté relacionado con el círculo de amistades que visitaba la casa –José Bergamín, Lanza del Vasto, Arturo Soria, José María Valverde, José Luis López Aranguren-- como recuerda el exalcalde de Barcelona en sus memorias Oda inacabada cuando alude al ambiente cosmopolita que reinaba en su hogar.

Podríamos pensar que la desaparición del idioma de Clara Noble en la obra de Fernando Trias de Bes responde a la escasa importancia que el autor concede a la cuestión lingüística o identitaria. Pero nos equivocaríamos.

La hermana 'Maria Lluïsa'

Cuando en la obra Clara Noble presenta el poema En una casa nova, habla de “mi hermana Maria Lluïsa y su marido, Andrés”. De modo que catalaniza el nombre de pila de su hermana y castellaniza el de su cuñado; y no es casual: la familia de éste había hecho lo propio con su apellido.

Los Ripoll Marruguet se habían quitado una “L” del primer apellido porque consideraban que les hacía demasiado catalanes. Una información que Trias ha usado para ser coherente, esta vez sí, con las inclinaciones identitarias del aludido.

De la misma forma, el texto del diario apócrifo pone en boca de la viuda la expresión “nuestra bandera” para introducir una de las cuatro composiciones que el poeta hizo en honor de la señera. Resulta difícil saber de dónde sale esa identificación.

No deja de ser curioso y contradictorio con el espíritu de la obra que en la muy conocida correspondencia del festeig entre Clara y Joan, que duró desde los 16 a los 19 años de ella, el poeta firmara sus cartas como Juan o Jack. Parece evidente que en su relación la naturalidad estaba por encima de la lengua.

Quizá la coexistencia, o la conllevancia, como alguno de los amigos castellanos del poeta quiso llamar al matrimonio entre España y Cataluña, hubiera sido más oportuna para el espectáculo del Petit Palau que la reconversión de la señora Noble.

Es una verdadera lástima que el afán por inventar un relato al margen de la realidad arruine un experimento de lied catalán tan logrado.

Y también resulta muy cansino.