Protesta en la Casa Orsola / VEÏNES CASA ORSOLA
Haz lo que digo, no lo que hago
"Los comunes siguen prometiendo lo mismo, como puede comprobarse en el caso de su alcaldable para las elecciones del año que viene, Gerardo Pisarello, quien sigue insistiendo en una defensa del inquilino barcelonés que nunca se ha puesto en marcha"
El titular de esta columna podría ser el lema de los comunes, cuyo envidiable lenguaje nunca ha estado a la altura de sus obras (y, como dijo aquél, por sus obras los conoceréis). Durante los años del colauato, nos cansamos de oír hablar a Ada Colau y sus secuaces de la necesidad de defender al barcelonés medio de expats, fondos buitres acaparadores de pisos y demás morralla asociada a la gentrificación. Pero los alquileres no paraban de subir, nada se hacía contra los rapaces del hogar, la compra de un apartamento se convertía en una quimera, las super illes incrementaban el precio de la venta y el alquiler de pisos y, en definitiva, la realidad iba siempre en dirección opuesta a las promesas de los comunes.
Siguen prometiendo lo mismo, como puede comprobarse en el caso de su alcaldable para las elecciones del año que viene, Gerardo Pisarello, quien sigue insistiendo en una defensa del inquilino barcelonés que nunca se ha puesto en marcha.
Por lo menos, Bob Pop anunciaba un mundo de Yupi en el que todos seríamos amigos y viviríamos felices en la ciudad de nuestros sueños: puestos a delirar, por lo menos hay que hacerlo a lo grande. Como si el bueno de Bob fuese a los comunes lo que Ronald McDonald es a cierta célebre cadena de hamburgueserías, don Gerardo se presenta como la cara seria (aunque humana, humanísima) del partido.
Y sigue prometiendo cosas que ya se prometieron en anteriores elecciones sin que jamás llegaran a ponerse en marcha.
Mientras tanto, el Sindic de Greuges local, David Bondia, aspira a alargar su estancia en el cargo que ocupa desde septiembre de 2021, y lo hace presentándose como el gran paladín de los barceloneses con problemas de vivienda. El hombre saca pecho y asegura que la Casa Orsola la salvó él de las garras de los buitres, aunque el buitre de turno hizo el negocio de su vida al soplarle al ayuntamiento de Barcelona mucho más dinero de lo que le había costado el edificio.
Cuando un fondo buitre se hizo con el edificio en el que llevo viviendo desde el año olímpico de 1992 y nos informó de que no nos renovaban los contratos y de que agradecerían que nos piráramos a la mayor brevedad posible, recurrimos -con la Casa Orsola en la cabeza- a nuestro benéfico ayuntamiento, donde se nos quitaron de encima con la excusa -verosímil, todo hay que decirlo- de que no podían comprar todos los edificios en manos de los buitres porque el municipio entraría en bancarrota.
Y es que las cosas no se arreglan comprando edificios, por bien que les haya salido la jugada a los inquilinos de la Casa Orsola. Las cosas (igual) se arreglan con una mirada a medio o largo plazo que debería haber previsto la codicia de los fondos buitre, a los que se debería haber parado los pies desde mucho antes de que nos inventáramos las zonas tensionadas.
Es evidente que los fondos buitre se dedican, básicamente, a la especulación. Pongo por ejemplo mi propio edificio: comprado por Palau y Manfredi por unos seis millones de euros, ya ha sido puesto a la venta (con bichos) al precio de nueve millones.
Sin haberse gastado ni un duro en reformas de un edificio de finales del XIX que no es que se caiga a trozos, pero casi. Si eso no es una muestra de especulación evidente (y punible), que baje Dios y lo vea.
David Bondia salvó un edificio y tal vez crea que los puede salvar todos si se le confirma en el cargo, pero nuestras conversaciones con gente del ayuntamiento nos dejaron bien claro que la superioridad no está para seguir el rastro de los fondos buitres y volver a comprarles los edificios a precio de oro, para que, encima, hagan negocio a costa del contribuyente.
Que lo que está pasando aquí ya haya pasado antes en Nueva York, Londres o París no es excusa para que el ayuntamiento de Barcelona haya sufrido esta falta de previsión que ya es casi imposible remediar.
Y menos con las promesas falsas de los comunes, que cuando pudieron hacer, no hicieron gran cosa.