Josep Gomis y Jordi Pujol, en 1988
La herencia del franquismo
"Hoy los ayuntamientos piden ayuda a la Generalitat para resolver lo que a todas luces es un problema y, afortunadamente, no lo hacen pretendiendo que la corrección de las faltas vaya a costa de todos los contribuyentes. Aunque algo sí le va a costar a todo el mundo la desidia de los últimos alcaldes franquistas, algunos de ellos reciclados en partidos que otrora se llamaron AP y CDC y hoy se denominan PP y Junts"
Muchos alcaldes metropolitanos están ahora preocupados por la falta de servicios de las urbanizaciones que crecieron en los últimos años del franquismo sin orden ni concierto.
Más de la mitad de las casi 1.500 que hay en toda Catalunya progresaron sin alcantarillado, saneamiento, iluminación ni medios de transporte y con unos asfaltados manifiestamente mejorables que han ido degradándose con el tiempo.
Por no hablar de las que se hallan en zonas boscosas, con riesgos notables si se producen incendios.
Esa es también una herencia de ese franquismo que algunos añoran: la del poderoso que, por la cara o sobornando a las autoridades, se hacía rico incumpliendo normas y leyes. El desorden.
Hoy los ayuntamientos piden ayuda a la Generalitat para resolver lo que a todas luces es un problema (en realidad más de 700 problemas) y, afortunadamente, no lo hacen pretendiendo que la corrección de las faltas vaya a costa de todos los contribuyentes. Aunque algo sí le va a costar a todo el mundo la desidia de los últimos alcaldes franquistas, algunos de ellos reciclados en partidos que otrora se llamaron AP y CDC y hoy se denominan PP y Junts.
Fue el caso de Josep Gomis. Excelente persona según los que lo conocieron, pero ideológicamente marcado por ser alcalde y procurador franquista. Jordi Pujol lo nombró consejero de Gobernación y cuando alguien pretendió sacarle los colores, Pujol dio un paso al frente: se fue de viaje y lo hizo presidente en funciones. Hay que reconocerle coherencia en las decisiones.
Las herencias franquistas siguen vivas en muchos lugares, como lacra y como patrimonio, porque las fortunas de quienes se enriquecieron gracias a llevar la camisa azul de la Falange han seguido en manos de sus descendientes. Quien quiera un ejemplo inquietante lo tiene en el Barça de Laporta.
Alejando Echevarría, ex cuñado del candidato a la presidencia del club y su mano derecha, es hijo de Juan Echevarría, falangista que durante la transición fundó Solidaridad Catalana, partido muy de derechas que no se comió un rosco. Pujol le dio la cruz de Sant Jordi.
La ideología política no es como el pecado original y no se transmite de padres a hijos. El dinero, sí.
A veces se transmiten ambas cosas. Es el caso de Alejandro Echevarría, hijo de Juan y miembro de la fundación Francisco Franco. Al ex independentista Laporta no le importa porque dice que no es sectario. Sobre todo no siente aversión hacia los adinerados, al margen del origen del dinero.
Que Laporta y su cuñado vivan del Barça es asunto de los socios. Allá se las compongan si deciden apostar por un presidente que, de momento, deja como herencia un estadio a la mitad, unas obras con retrasos y un club más que endeudado.
La otra herencia del franquismo, la de la permisividad con el ladrillo de las urbanizaciones, es una historia diferente.
Al principio esas conurbaciones se poblaron de barceloneses que acudían los fines de semana. Cuando se jubilaron, algunos decidieron quedarse allí todo el año y otros vendieron la propiedad a otras personas que creyeron en el Área Metropolitana.
Después de todo, las viviendas se hallaban en un terreno perteneciente a una localidad cercana a la metrópoli.
Tarde o temprano las cosas mejorarían, como había ocurrido en los Barrios dormitorios de Barcelona y en las poblaciones de su entorno, gracias a los ayuntamientos democráticos.
Tarde o temprano les pondrían las farolas y se construirían las cloacas que constructores desaprensivos no hicieron, embolsándose el dinero.
No todos los promotores fueron desalmados, pero muchos de ellos se enriquecieron y dejaron el muerto al que llegara después.
Algo habrá que hacer, porque una de las virtudes de las administraciones públicas es que asumen incluso las consecuencias de los errores del pasado.
Pero estaría bien dejar constancia de ese pasado, de lo que fue el franquismo: especulación en las urbanizaciones y proyectos faraónicos sin servicios como Badia, desaguisado que aún hoy no está del todo corregido.
Esa es la herencia que hay que pagar entre todos, porque las individuales se quedan en la familia: la de los Echevarría o la de los Pujol, en la que el abuelo Florenci se enriqueció comprando algodón en Tánger por cuenta de terceros, a precios cualquier cosa menos claros. Y luego llevó dinero a Andorra.
Herencias, esas nunca compartidas. ¡Faltaría más!