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La terraza del bar Tomás, en Sarrià / METRÓPOLI - DF

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Opinión

Responsabilidad y solidaridad: requisitos para vivir en Barcelona

"El buen funcionamiento de una ciudad depende de cada uno, de sus acciones, de sus gestos, de sus palabras hacia sus vecinos, hacia sus compañeros de trabajo, hacia los miembros de su propia familia"

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Estoy en casa y escucho ruidos. Proceden de la calle, aunque también, en muchas ocasiones, llegan desde el otro piso de la escalera. Parece que se lo están pasando muy bien. Cantan y la música está demasiado alta. ¿Qué hago? Puedo llamar a la Guardia Urbana. Esas terrazas de la esquina tampoco me gustan mucho. He comprobado que tienen una mesa adicional que no les toca. Presentaré una queja al ayuntamiento.

Por la mañana, a la hora de mi desayuno, compruebo otro ruido insoportable. Me asomo por la ventana y veo con mis propios ojos el desaguisado. Son niños corriendo a toda velocidad y gritando a la hora del patio en el colegio que queda al lado de casa. No lo entiendo. ¿Nadie se da cuenta de que así es imposible vivir?

Estas quejas, lamentaciones que podrían sugerir una hipersensibilidad fuera de lugar, son moneda corriente en Barcelona. Los vecinos y vecinas están a la que salta, con ganas de presentar denuncias, con la idea de que Barcelona debería ser una ciudad más calmada, que garantizara el derecho al sosiego, en la que se pudiera ‘dormir en paz’.

El distrito de Sant Martí ha vivido ese fenómeno, mostrando públicamente las denuncias de un vecino que en su aplastante mayoría han acabado en nada.

Los servicios públicos se pusieron en marcha para atender esas quejas, muy centradas en las terrazas de una determinada calle del barrio del Clot. Y sólo un 3% de los expedientes abiertos acabaron en sanción. Es decir, una pérdida de tiempo total.

En las ciudades hay ruidos, movimientos, bullicio. En el campo no. En las ciudades se ponen de manifiesto intereses contrapuestos. Y los ciudadanos se enfrentan a más peligros que en un pueblo aislado.

Es cierto, sin embargo, que las ciudades se ven obligadas a ofrecer un entorno más amable, en gran medida forzadas por el cambio climático y también porque sus poblaciones se envejecen. Al mismo tiempo, --y esa es la paradoja—las grandes urbes reciben una población joven, con ambición, con deseos de beber la vida a grandes sorbos. Y deben compatibilizar todas esas necesidades.

Lo que ha quedado olvidado es que los propios ciudadanos deben pedir cuentas a otros ciudadanos. Es evidente que hay que exigir rigor y eficiencia a las administraciones, pero el primer paso lo debe dar el ciudadano.

Y dos son los requisitos que ya no se mencionan: la responsabilidad individual –saber de qué me quejo, que puedo hacer para resolverlo solito y si vale la pena esa queja--- y la solidaridad, pensando en un colectivo amplio, más allá de mis propias penurias.

Lo cierto es que han sido esas mismas administraciones las que han acabado creando a ese ciudadano quejica, insolidario, cortoplacista. El mimo constante, y el miedo hacia ese vecino que puede tocar las narices, ha llevado a arropar, como si fuera un niño, al ciudadano adulto.

Quizá eso está cambiando ahora y sería motivo para celebrarlo. El Ayuntamiento de Barcelona parece que se ha dado cuenta. Y el gerente del distrito de Sant Martí le ha cantado las cuarenta a ese ciudadano hipersensible del barrio del Clot.

Debería ser un precedente importante. El buen funcionamiento de una ciudad depende de cada uno, de sus acciones, de sus gestos, de sus palabras hacia sus vecinos, hacia sus compañeros de trabajo, hacia los miembros de su propia familia.

El alcalde, los dirigentes políticos, los funcionarios, son parte de un colectivo. Y cada pieza debe ejercer su responsabilidad.

¿Ruidos? Igual me voy al campo. Sería lo conveniente si se quiere dormir bien. No habrá terrazas en las que se grite, quizá, fuera de horas.