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Imagen de la campaña del Ayuntamiento, 'Poca vergonya'

Imagen de la campaña del Ayuntamiento, 'Poca vergonya'

Opinión

¿'Poca vergonya' o ninguna?

"Uno se pregunta si la campaña buenista del Ayuntamiento es efectiva ante el incivismo que se ve en las calles. Y también si los agentes cívicos y los parapolicías que multan por mal aparcamiento podrían contribuir en la lucha contra los cafres"

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“Para facilitar una salida rápida y cómoda del avión, les pedimos que recojan sus equipajes de mano siguiendo las instrucciones: primero avisaremos para que salgan los pasajeros de la primera a la quinta fila.

Eso, si les parece bien; si no, nada”.

Con esta sorna hablaba por el megáfono el tripulante de Vueling tras el aterrizaje.

El hombre sabía lo que decía: inmediatamente se pusieron de pie unos cuantos viajeros de distintas filas. Y, cuando dieron el aviso para las cinco primeras, algunos listos de atrás ya estaban tirando de la maleta.

No eran la mayoría, desde luego, pero suficientes para desordenar el asunto.

Mano firme o buenismo

Enrique Tierno Galván, el mítico alcalde de Madrid, era un socialista liberal. Muy a su pesar, una de las primeras conclusiones a las que llegó tras asumir el cargo fue que no había más remedio que recurrir al castigo para que los ciudadanos respetaran las normas de tráfico.

Para el Viejo Profesor, aquella certeza chocaba con su confianza en la naturaleza humana y en la bondad intrínseca del hombre.

Por eso sorprende que 40 años después nuestros políticos locales –correligionarios, además, del madrileño-- hagan campañas cívicas tan llenas de buenismo como la de Poca vergonya que ha puesto en marcha el Ayuntamiento de Barcelona.

No creo que la letra entre con sangre ni en barbaridades del estilo, pero sí cuestiono la efectividad de ese tipo de apelaciones para acabar con un incivismo asumido ya como hábito para tantos ciudadanos.

El distrito de Sant Martí ha hecho bien en tirar de las orejas al vecino cascarrabias que se excede en sus quejas y hace gastar recursos y tiempo al consistorio para responder a sus expansiones.

Sin embargo, eso no debería desanimar al resto de los ciudadanos a la hora de denunciar los excesos y las molestias. A uno le choca que el Agent Cívic le llame la atención si cruza por un espacio limitado a bicis y monopatines, pero que a la vez los bares y tiendas cercanas arrojen las cajas de cartón –sin doblar-- al contenedor que tienen más cerca o vacíen el recogedor en la papelera pública –una de esas 25.000 que hay en Barcelona-- tras barrer el metro y medio de acera de delante de su establecimiento.

No sé si ustedes lo han visto, pero en mi barrio la mayoría de los bares echan al alcorque más próximo las colillas que sus clientes tiran al suelo. Los agentes cívicos tampoco han llegado a ver cómo una muy conocida cervecería de Sagrada Família echa cada semana el aceite usado –cinco o seis litros-- a la alcantarilla a plena luz del día.

Se necesitan manos

Y uno se pregunta si tanta gente se atreve a enguarrar la ciudad a la vista de todos, cómo cree el Ayuntamiento que los va a concienciar con una simple campaña.

Los mismos parapolicías que comprueban si un automóvil está mal aparcado para sancionar a su propietario podrían echar un ojo al cuidado de las calles. Como los agentes cívicos que pululan por las zonas más turísticas.

Estaría bien un poco más de Tierno Galván y un poco menos de permisividad. O mejor aún, dejar de lado esa ingenuidad fingida que da en llamar pocavergüenza a quien actúa como un cafre.