El Rey, como Collboni --en la foto-- e Illa estuvieron presentes en el homenaje a Juan Antonio Samaranch la semana pasada en el Palacete Albeniz Europa Press
Samaranch
"El pujolismo absorbió sin remilgos a muchos alcaldes franquistas en sus listas de las primeras municipales. El objetivo era la penetración territorial, a lo que los conversos podían contribuir con un simple cambio de chaqueta"
La semana pasada, 16 años después de su muerte, Barcelona y Cataluña rindieron un pequeño homenaje a la memoria de Juan Antonio Samaranch Torelló. Se quería cerrar así el largo periodo de olvido deliberado con que la ciudad y la Generalitat habían tratado al hombre que consiguió los Juegos Olímpicos de 1992, el acontecimiento más importante desde la Exposición Universal de 1888.
Hay algo en todo ello difícil de entender. ¿Por qué se aceptó el enorme regalo que traía desde el Comité Olímpico Internacional (COI) si era tan horrible a ojos de quienes entonces mandaban en este país?
Se podrá contestar: no oiga, no; que hubo gente, como Jordi Pujol, que lo aceptó a regañadientes. Lo que no deja de ser verdad, pero si el expresident arrastró los pies ante los JJOO no fue por la figura de Samaranch, sino por sus manías mesiánicas.
Desde el punto de vista político, los grandes beneficiados de la designación olímpica eran los socialistas, sus adversarios liderados por Narcís Serra y Pasqual Maragall, hijos de dos sagas de la alta burguesía barcelonesa con las que Pujol nunca había congeniado: daban la espalda a su nacionalismo provinciano.
Además, todo lo que supusiera potenciar Barcelona iba en detrimento de un proyecto de construcción de país que en el fondo y en la forma tenía sus raíces más profundas en la Cataluña rural y menestral.
Samaranch pertenecía también a esa clase social que miraba a los pujol por encima del hombro. Aunque en su caso no se había limitado a convivir con el régimen, como hicieron otros burgueses coetáneos como Josep Vilarasau o Ricard Fornesa, sino que había sido un militante activo, incluso un joven falangista de primera hora.
El alcalde de Barcelona, Enric Masó, el presidente de la Diputación, Juan Antonio Samaranch, y el ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa, celebran el 18 de julio de 1974 en las Atarazanas. Masó no hace el saludo fascista. EFE
Pero no hay que equivocarse, ese no era el problema. El pujolismo absorbió sin remilgos a muchos alcaldes franquistas en sus candidaturas de las primeras elecciones municipales. El objetivo era la penetración territorial, a lo que los conversos podían contribuir --y contribuyeron-- con un simple cambio de chaqueta.
Josep Gomis es un buen ejemplo. Fue alcalde de Montblanc desde 1964 hasta 1980, un cargo que compaginó con el escaño de procurador en Cortes varios mandatos; y también presidió la Diputación de Tarragona. Pujol lo fichó como diputado, conseller de Gobernación y, finalmente, lo nombró delegado de la Generalitat en Madrid en 1993, y lo mantuvo en el cargo hasta 2002.
O sea, que el pasado no siempre era un impedimento. Algunas formaciones de izquierdas que de forma implícita se hicieron más pujolistas que nacionalistas heredaron esa memoria selectiva. De ahí que fueran tan combativas desde el Ayuntamiento de Barcelona frente a Samaranch.
Quienes le conocieron lo describen como un excelente relaciones públicas, un cónsul de sí mismo al servicio de causas ganadoras y sumamente discreto. Un deportista de élite que estudió periodismo, como su esposa.
Durante su etapa como procurador en Cortes por el tercio familiar tenía contacto con algunos reporteros de la ciudad a los que invitaba a su casa del Turó Park para que le dieran ideas sobre temas de Barcelona. Buscaba asuntos candentes, de interés, para presentar en la Cámara, pero que no levantaran ampollas entre los franquistas recalcitrantes. Quería visibilidad sin aristas.
En el tardofranquismo apostó por Juan Carlos, lo que le permitió acceder a la presidencia de la Diputación de Barcelona, donde aprovechó para recuperar algunas cuestiones formales del catalanismo que después, con la recuperación de la Generalitat, resultarían muy útiles.
Cuando en 1977 España restableció relaciones diplomáticas con la URSS, fue el primer embajador en Moscú. Su trabajo a favor de la incorporación al olimpismo de los países soviéticos le sirvió tres años después para conseguir la presidencia del COI en una reunión celebrada, precisamente, en la capital rusa.
Lo que sucedió después es de sobras conocido.