Imagen de archivo de turistas en Barcelona / AYUNTAMIENTO DE BARCELONA
Los barceloneses también pagan tasa turística
"De modo que los barceloneses, además de pagar las cosas y las casas mucho más caras que en otras partes con menos turismo, también tienen que ver cómo parte de sus impuestos se destina a aumentar la oferta de servicio público (del transporte a la limpieza) para poder atender a los turistas"
Algunos empresarios del sector turístico han puesto el grito en el cielo por el aumento de la tasa a los cruceristas que pasen menos de 12 horas en Barcelona. También por la que se aplica en los hoteles. Dos medidas que hundirán el turismo y, por ello, desaparecerán miles de puestos de trabajo, dicen.
Pasan por alto que muchos de esos puestos están muy mal retribuidos. Pero hay que cuidar al turismo, así sea a costa de los que trabajan en la ciudad, aunque no es seguro que con el magro sueldo que perciben puedan vivir en ella.
A muchos de estos empresarios no se les ha ocurrido pensar que los visitantes sufren un recargo mucho mayor que la tasa en los productos que consumen, encarecidos a la brava en los puntos de alta concentración.
Como no serán clientes habituales hay que extraerles en su única visita tanto como se pueda.
También los barceloneses notan en los precios el impacto del turismo que llena la ciudad.
Para empezar, en el sobrecoste que supone alquilar o comprar una vivienda (si se consigue), con los precios más allá de las nubes.
Los que viven en otras poblaciones metropolitanas y trabajan en Barcelona ven sus jornadas prolongadas con trayectos que exigen tiempo, sudor y nervios, por la incertidumbre del funcionamiento del transporte.
El turismo eleva el precio de los pisos y el de todo lo demás.
Cualquiera puede comprobar que en la ciudad de Barcelona la gasolina es más cara que en las localidades cercanas. Salvo que sean turísticas.
Y no sólo la gasolina: el pan y el aceite, la leche, la fruta y los restaurantes.
Quien quiera sufrir un poco más puede revisar el recibo del agua, cargado con impuestos que superan con mucho el coste del consumo. En su día este asunto provocó una rebelión ciudadana.
Se puede medio comprender que se incluya el canon del agua, pero es mucho más difícil asumir que figuren ahí los relativos a los residuos y el alcantarillado. Además de la extrañeza que produce que esos gravámenes los cobre una empresa privada, que algo ganará por la gestión.
Los antropólogos han estudiado detenidamente las consecuencias del aumento de población. La primera es el incremento de la conflictividad. Las personas, animales al fin, hacen como las ratas: a mayor número, más peleas. No es porque sean perversas (ni las personas ni las ratas) sino porque compiten por el mismo espacio y por los demás bienes, que no abundan.
Item más: el turismo atrae a delincuentes que, añadidos a los chorizos locales que no se han ido, exigen más gasto en guardias y jueces (tan necesarios para perseguir a la izquierda, desde Mònica Oltra a Begoña Gómez).
El gusto por el alcohol barato y abundante genera problemas intestinales y mentales que ayudan a colapsar los servicios sanitarios.
De modo que los barceloneses, además de pagar las cosas y las casas mucho más caras que en otras partes con menos turismo, también tienen que ver cómo parte de sus impuestos se destina a aumentar la oferta de servicio público (del transporte a la limpieza) para poder atender a los turistas.
Como no se trata de eliminar la presencia de turistas, hacer que éstos paguen por lo que consumen es una cuestión de justicia. Del mismo modo que los barceloneses pagan tasa turística en más de media Europa. Después de todo, hacer turismo no es obligatorio ni cuestión de primera necesidad.
En una sociedad de mercado, el pago está asociado al uso. Ya es suficiente que circulen gratis por la red de autopistas. Claro que, desde que no hay peaje (como pedía Oriol Junqueras, gran vidente en materia de tráfico) los colapsos están garantizados.
Del mismo modo que la presencia de multitud de camiones ha ido echando de ellas a algunos conductores, la afluencia de turistas a determinadas zonas de la ciudad ha ido expulsando a los barceloneses.
Ya apenas van a la Rambla y no sólo porque esté en obras: también porque está llena y porque los precios de los establecimientos son muy superiores a los de la media de la ciudad. Y es que sus propietarios añaden una tasa turística (privada) de la que no se quejan porque acaba en sus propios bolsillos.
Sólo se lamentan si nutre la caja pública. La que beneficia a todos y no sólo a unos pocos. Se dirá que esos emprendedores ya aportan los impuestos, pero el paso de Cristóbal Montoro por Hacienda ha abierto la puerta a sospechar si algunos de estos empresarios no han sido clientes de su bufete y obtenido rebajas impositivas a medida. A medida de la presunta mordida, claro.
Ahora el juez filósofo Juan Carlos Peinado ha abierto la veda para dudar hasta de la policía. Lo ha hecho con la mejor voluntad: para que la población se instale en el pensamiento crítico, a partir de la duda metódica que propugnó Descartes.