Las barracas siguen estando presentes en la ciudad / CR

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Vivir en Barcelona

Asentamientos ilegales: sobrevivir en la miseria

Galaico-portugueses, rumanos y subsaharianos, los colectivos más numerosos

15 febrero, 2018 01:15

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Haberlos, haylos, como la meigas. Los asentamientos urbanos existen y son más numerosos de lo que nos cuentan aunque los propios ocupantes prefieren pasar desapercibidos. Hace años se hablaba de barracas y chabolas, ahora de asentamientos. Pero la realidad es la misma, son personas que viven al margen de la sociedad, con graves problemas de integración y con escasas posibilidades de escapar de ese mundo rodeado de miseria.

Los colectivos más habituales en este tipo de situación son los galaico-portugueses, los rumanos y los subsaharianos, cada uno de ellos con diferentes problemáticas y distintas maneras de afrontar su situación. Y aunque la administración los cifra en algo menos de 500 personas, las organizaciones sociales que trabajan con ellos no se atreven a dar una cantidad exacta. Solo afirman que el número de asentamientos ha crecido, aunque ahora son más pequeños que antes ya que las grandes naves industriales en las que se alojaban se han ido al suelo y se han tenido que buscar la vida en asentamientos más pequeños, pero igual de lúgubres.

Son varias las organizaciones que, al margen de la administración, intentan buscar una salida y ofrecer ayuda a estos colectivos. Desde Amics del Moviment Quart Mon dan atención a la comunidad galaico-portuguesa, mientras que otras organizaciones, como la Xarxa de Suport als Assentaments del Poblenou, ofrecen asistencia alimentaria, sobre todo a colectivos de rumanos y subsaharianos.

Las diferencias entre unos asentamientos y otros hacen que en cada uno de ellos las asociaciones lleven a cabo un trabajo específico. En el caso de los galaico-portugueses suele tratarse de familias con hijos, estos ya nacidos en España, que están escolarizados, aunque necesitan apoyo para evitar las situaciones de fracaso escolar.

“La mayoría de ellos son niños que han nacido aquí”, señala Sílvia Torralba, de Quart Mon. “Hablan portugués, castellano y catalán. Pero cuando sus padres llegaron aquí, se pensó que estaban de paso, por lo que apenas se hacían cosas básicas y puntuales. Nadie les preguntó si en realidad querían vivir en un piso en lugar de en una caravana o en una barraca. Se esperaba que mantuvieran su vida itinerante y algún día se fueran. Pero se quedaron. Y resulta que ahora no pueden vivir en la calle con la caravana porque les multan, y tienen que buscarse un asentamiento”.

Las barracas se construyen en cualquier lugar / CR

Las barracas se construyen en cualquier lugar / CR



De las 40 familias a las que da apoyo la asociación, 12 ya viven en pisos de alquiler social. “Pero no ha sido fácil. Si supieras los problemas que pueden llegar a tener. Algunos han vivido siempre a ras de suelo y no se acostumbran a vivir en un quinto piso y a tener que coger un ascensor. Algo que para nosotros es normal, que ni siquiera nos planteamos, para algunos de ellos es un problema”, afirma Silvia.

La asociación procura centrar sus esfuerzos en las nueva generaciones, ayudándoles a buscar un camino para el futuro. “Al principio tiene miedo, pero poco a poco te vas ganando su confianza, vas trabajando con los niños y les vas ayudando”, dice Silvia. “Es importante que se integren en la escuela y hemos logrado que muchos de ellos acaben sus estudios y obtengan un grado medio, con mucho esfuerzo por su parte. Al final logramos que participen en las actividades que organizamos, en las que además de jugar, aprenden”.

SITUACIONES DIFERENTES

Las realidades cambian mucho cuando se hace referencia a otros colectivos, sobre todo al de los subsaharianos o a los rumanos. Es un asunto que conoce muy bien Quim Estivill, que lleva varios años trabajando con ellos.

“La mayoría son analfabetos y, por supuesto, hablan muy poco español y ni una palabra de catalán, por lo que sus opciones de encontrar un trabajo son ínfimas”, reconoce Quim. “El colectivo subsahariano apenas ganan dinero para mantenerse y el poco que les sobra se lo envían a sus familias. Como mucho se juntan varios para pagar un alquiler muy pequeño y poder estar en un piso hacinados. Además la mayoría son hombres que han venido solos y que se buscan la vida. Por contra, los rumanos suelen ser familias, que pueden acogerse a las ayudas sociales ya que suelen tener hijos y que saben acudir a los servicios sociales”.

Quim habla de tres tipos de asentamientos: “Lo que viven en barracas, los que lo hacen una nave industrial, y los que viven en un piso, de ocupas o no, que suele ser un cutrepiso, muchas veces sin agua ni luz. Pero todos son asentamientos ya que no reúnen las mínimas condiciones de habitabilidad”.

Ha impartido clases de castellano y catalán a los inmigrantes para ayudar a su integración, aunque reconoce que hay enormes dificultades, tanto por la diferencias idiomáticas como por la escasa educación que han recibido en sus países de origen.

La Xarxa de Suport als Assentamentes del Poble Nou proporciona actualmente alimentos a unas 36 familias, que vienen a ser unas 200 personas que viven en asentamientos.

Y aunque afirma que algunas administraciones han puesto su granito de arena, también sabe que el trabajo por hacer es tan grande que resulta muy complicado ofrecer una salida digna a todos los que viven en los asentamientos, aunque considera que las administraciones deberían implicarse más en la busqueda de soluciones.

Para intentar dar algunas opciones a parte del colectivo que sobrevive de la recogida de chatarra o de la venta ilegal, los llamados manteros, se han creado dos cooperativas. Alencop, dedicada a la recogida de electrodomésticos en las viviendas para llevarlos a la chatarrería; y, Diomcop, destinada a la venta de artesanía, bien importada desde un país africano, bien hecha por africanos en Barcelona, o productos de comercio justo, que se venden en ferias de artesanía. Sin embargo, la realidad es que se está muy lejos de conseguir el objetivo de ofrecer una salida laboral efectiva a las personas que se encuentran en esa situación.

La existencia de servicios asistenciales creados específicamente desde la administración para encontrar salidas satisfactorias al problema no parecen haber dado con las claves para ello, por lo que el trabajo de las asociaciones solidarias sigue siendo imprescindible.