Fachada de El MOlino
Nunca estuve en el Molino
Si yo fuese el alcalde de Barcelona y teniendo en cuenta su escaso valor arquitectónico, creo que lo mandaría derribar y sustituir por algo más acorde con los tiempos presentes
Cuando yo iba a la universidad, allá por el Pleistoceno superior (o años 70 del siglo XX), se puso de moda entre algunos de mis compañeros de clase visitar locales rancios y tronados de la vida canalla barcelonesa de otros tiempos. Entre ellos, dos eran los que brillaban con luz propia (que dejaba al descubierto todos sus desconchones físicos y morales): El Molino y la Bodega Bohemia. A mí, todo aquello me sonaba a cutrerío del bueno, pues era un joven radical que creía en la modernidad y se pasaba el día escuchando a David Bowie o Roxy Music y yendo a la filmoteca a ver películas de Wim Wenders y Rainer Werner Fassbinder. Así pues, nunca puse los pies en El Molino.
Lamentablemente, no puedo decir lo mismo de la Bodega Bohemia. Tras una noche de copas, me arrastraron hasta allí, y ya en la puerta intuí que la cosa podía ser terrorífica, ya que el eslogan del local era, claramente, una mentira cochina: “Donde las estrellas nacen”.
Una vez dentro, comprobé, ipso facto, que las estrellas, caso de haberlo sido alguna vez, habían venido a aquel tugurio a morirse. Y, probablemente, en el escenario, a media coplilla. La cosa era, claramente, un divertimento para señoritos calaveras bajados de los barrios altos para reírse a costa de una serie de ancianos decrépitos que cantaban canciones ridículas o hacían algún número de cabaret vetusto.
Para que se hagan una idea de la catadura del local, les diré que el portero, vestido de esmoquin raído y calzado con unas Chirucas, hacía doblete como imitador de Carlos Gardel, el célebre cantante de tangos del que sus seguidores, aunque estuviese muerto, decían que cada día cantaba mejor. El portero estaba muy orgulloso de sus versiones, ya que a un amigo que le dio conversación le dijo que: “Donde Gardel no llega, yo floreo”.
Era un espectáculo muy triste que a la gente no se lo parecía, pues estallaban en carcajadas ante cada nuevo gallo del intérprete senil de turno, mientras yo me iba hundiendo en la depresión y la miseria: a aquellos yayos y yayas del escenario solo les faltaba que un alma compasiva los rematara de un disparo en la cabeza. Es la única vez en mi vida que he entrado en un bar borracho y he salido totalmente sobrio.
Oliéndome la tostada, decliné todas las invitaciones a visitar El Molino, y ahora me entero de que cerrará sus puertas a finales del próximo mes de junio: problemas con los vecinos por el ruido, presuntas obras de insonorización y, me temo, algunos líos que no se nos explican han llevado a la empresa actual a chapar el local hasta nueva orden. En cualquier caso, creo que este Molino no tenía nada que ver con el que frecuentaban ciertos alumnos de periodismo cuando yo iba (o no iba, que era lo más frecuente) a la facultad de Bellaterra.
Mi Molino, por así decir, era el de la década de los 70, con sus cómicos siniestros y sus vedettes con sobrepeso (o así me los imaginaba yo). Por lo que había oído, la cosa iba de espectáculo de cabaret arrevistado con mucho chiste verde, un poco de chicha femenina y el inevitable humorista que contaba chistes de mariquitas a lo Arévalo: mejor quedarse en casa escuchando el Ziggy Stardust.
La única vez que consideré la posibilidad de ir al Molino fue cuando el abuelo de una amiga enloqueció ligeramente y le dio por escaparse de casa para plantarse en la primera fila del local, conocida como La fila de los figueros (del catalán figa, término de argot para el coño). Me ofrecí a acompañarlo, por si le daba un parraque, pero llegué tarde, ya que el hombre acababa de ser encerrado en una residencia bien vigilada.
Construir otra cosa
El Molino tiene una larga carrera desde su fundación en 1898 con el nombre de La Pajarera Catalana. En 1910 se convirtió en el Petit Moulin Rouge. En 1926 abandonó brevemente el mundo del espectáculo (o no, según se mire) al convertirse en la sede del partido político Unión Patriótica Española, fundado por Miguel Primo de Rivera. En 1929, le endilgaron a la fachada el célebre molino con aspas. En 1939, le españolizaron el nombre: El Molino. A secas, que el color rojo nunca fue muy del agrado del Caudillo. Y así ha llegado (más o menos) vivo hasta ahora, aunque su esplendor cutre coincidió con mis años universitarios y hace tiempo que no se sabe muy bien qué función cumple.
Si yo fuese el alcalde de Barcelona (y teniendo en cuenta su escaso valor arquitectónico), creo que lo mandaría derribar y sustituir por algo más acorde con los tiempos presentes. Total, quienes podrían recordarlo con nostalgia están más muertos que el abuelo de mi amiga. Me queda la duda, eso sí, de si habría acabado pasándomelo bien en El Molino tras aceptar la invitación de los amigos. ¿Me dejé impresionar demasiado por aquel sótano del terror que fue la Bodega Bohemia? ¿Habría disfrutado de las carnes tolendas de las vedettes y de los chistes de mariquitas?
Lo dudo, pero nunca se sabe. Si otros lo hicieron…