Una imagen de la calle Escudellers, una de las más 'chungas' del Gòtic, Barcelona / P. B.

Una imagen de la calle Escudellers, una de las más 'chungas' del Gòtic, Barcelona / P. B.

Ciutat vella

En la calle más 'chunga' de Barcelona: robos, droga, especulación

Vecinos y comerciantes de Escudellers asisten a una degradación y 'turistificación' del Gòtic

1 abril, 2019 00:00

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A primera hora de la mañana, la calle huele a pollo chamuscado y a pis caliente. Unos amanecen, otros pasean –con cerveza en mano– en busca de droga, de comida, de algo.

–Es muy pronto para beber, ¿no?– pregunta un barrendero a un trabajador de una licorería.

–El cliente manda... Y los turistas empiezan temprano– cuenta mientras sube la persiana.

Para llegar a George Orwell hay que emprender un (serio) viaje. Pero esta historia no es ninguna distopía: es una realidad en Barcelona. El trayecto desde La Rambla hasta la plaza del archiconocido escritor –padre de 1984– por la calle Escudellers puede convertirse en toda una aventura. El barrio del Gòtic se ha visto afectado por los narcopisos, los captadores ilegales de clientes, la especulación inmobiliaria, la turistificación, los robos, las peleas y el "monocultivo" de comercios. Viendo el panorama, esta calle –Escudellers– cumple con todos los requisitos para llevarse la etiqueta de “chunga”, quizá la más chunga.

CAPTADORES ILEGALES DE CLIENTES

El ambiente es turbio. Los captadores ilegales de clientes, que se sitúan en las entradas de calles como Obradors o Anglars, se lanzan miradas entre ellos. Intercambian pocas palabras en otros idiomas y siguen a lo suyo. Otean el entorno, como si estuvieran esperando a alguien, y siguen a lo suyo. Los vecinos hace tiempo que denuncian la presencia de personas vinculadas al ámbito de la droga que ocasionan disturbios o protagonizan escenas violentas de vez en cuando.

Captadores ilegales en la calle Escudellers / P. B.

Captadores ilegales en la calle Escudellers / P. B.



“Desde que hubo la macrorredada en el Raval por los narcopisos, muchos se han trasladado a esta zona”, explica a este medio Manolo Gil, propietario de una de las barberías más antiguas del país que justo se ubica aquí, en la calle Escudellers. Manolo, después de toda una vida en el barrio, está curado de espantos. La presencia de buscavidas no es nueva. “Unos años atrás los comerciantes pedimos más vigilancia policial para espantar las moscas y nos hicieron caso”, recuerda orgulloso.

ESCASEAN LOS COMERCIOS DE TODA LA VIDA

Ahora la situación vuelve a ser crítica, pero el contexto ha cambiado. Ni la Guardia Urbana ni los Mossos d'Esquadra atienden del todo sus plegarias, ni tampoco hacen tanta piña entre los comerciantes porque hay mucho movimiento de negocios. “De comercios antiguos solo quedamos el estanco y nosotros”, revela con cierta nostalgia el dueño de Manolo's, que abrió sus puertas en 1854, mucho antes de que existiera la palabra “hipster”. “Ahora hay un nuevo restaurante japonés y tiene buena pinta”, exclama. “A mí me gusta que se refresque la zona”, añade con optimismo.

La tocinería Carmen que ha bajado la persiana en Escudellers / P. B.

La tocinería Carmen que ha bajado la persiana en Escudellers / P. B.



Una de las últimas en bajar la persiana fue la Tocinería-Xarcutería Carmen, hace poco más de un mes. Con cien años de historia, la tienda que ahora regentaba Basi Pérez se vio obligada a cerrar por el aumento en el precio del alquiler. “No nos salían las cuentas”, lamenta Basi en una conversación con este medio. “Desde hace un año la situación está fatal, mi hijo ha visto a yonquis pinchándose”, narra señalando la plaza de George Orwell.

ROBOS A DIARIO

Al lado de esta plaza, la dependienta de la tienda Neurona's comenta que “más allá de los típicos robos de algunas prendas” no han notado un aumento de la inseguridad. Un poco más adelante, un frutero sale corriendo de la tienda porque ha pillado a una señora robando un par de mandarinas. “Otra vez”, la regaña con hastío. Y, un poco más allá, una mujer se dirige a un grupo de jóvenes turistas que comen pizza a primera hora de la mañana. “Por favor, ayuda”, pide con las manos.

El ruido de las máquinas empieza pronto. Los carteles contra la especulación se repiten en los balcones. “SOS, vecinos en extinción”, reza una pancarta de un bloque a punto de desahuciar en la misma plaza. “El Gobierno nos expulsa”, reivindica otra. Las obras no paran y el cemento se acumula. En el número 16 de la calle, un gran cartel publicita que los pisos –propiedad de Shrem Group– están en venta.

EL CASO DE LAS LICENCIAS TURÍSTICAS

En el número 36, un vecino no se corta ni un pelo. “Compramos licencias turísticas”, anuncia con un mensaje en el balcón. "No entiendo por qué se enfadan los vecinos, yo soy dueño de todo el edificio y quiero conseguir licencias turísticas”, detalla por teléfono a este medio. “Es una actividad legal”, se justifica.

Un piso en obras en la calle Escudellers del Gòtic / P. B. 

Un piso en obras en la calle Escudellers del Gòtic / P. B. 



Otra de las críticas de los vecinos del Gòtic es la proliferación de tiendas de cannabis que, según ellos, fomenta el desfase de los turistas que visitan la ciudad en busca de juerga. Su indignación es tal que incluso han trazado un recorrido en la zona. Dos de ellas se ubican en la calle Escudellers. “Aquí viene gente de todo tipo, la marihuana es la religión que a más gente atrae”, sonríe la dependienta de Headshop Boutique. “Ahora en verano vendrán más turistas porque saben que Barcelona es weed friendly”, detalla. En otras palabras: saben que se puede fumar porros con impunidad.

Una de las tiendas dedicadas a la venta de semillas de marihuana / P. B.

Una de las tiendas dedicadas a la venta de semillas de marihuana / P. B.



Y en la esquina con La Rambla está el bar Cosmos. O lo que queda de él. El polvo se ha instalado en las sillas y en la barra del bar –de acero inoxidable– ya no queda ningún "whisky solo". Ni carajillo. Ni nadie. En sus 92 años de vida, el Cosmos vivió escenas dignas de películas de Federico Fellini, como una pelea entre clientes borrachos. A principios de este año cerró sus puertas.

A última hora de la mañana, la calle todavía huele a pollo chamuscado y a pis caliente. Unos hacen cola en el restaurante La Fonda, otros pasean –con cerveza en mano– en busca de droga, de comida, de algo. El tiempo pasa inexorablemente, pero algunos detalles persisten. Por desgracia. Y, también, por suerte.