Rafael Duarte, concejal de Urbanismo en El Prat de Llobregat
Los vecinos de Urgoiti-Ponsich, en el Prat de Llobregat, están hartos del abandono que sufren sus calles a la espera de un plan urbanístico que lleva encallado desde hace más de 20 años. Robos, okupaciones, suciedad y chabolas forman parte del día a día de los residentes.
La postura de Rafael Duarte ante la crisis es el claro ejemplo de la desidia institucional frente a un problema enquistado. Es indignante, y es completamente comprensible la desesperación de los vecinos, que el Teniente de Alcaldía de Urbanismo y regidor de la Policía Local se escude en que los solares son de "propiedad privada" para justificar la inacción del Ayuntamiento.
Que un terreno sea privado no exime a la administración pública de su deber de garantizar la salud pública, la seguridad y la convivencia y mucho menos de invertir los recursos necesarios para evitar la degradación del barrio.
Cuando hay problemas graves de salubridad —con ratas colándose en las casas— e inseguridad, los consistorios tienen herramientas legales para intervenir.
Lavarse las manos y dejar a 50 familias a la intemperie esperando que un juez dicte una orden y la propiedad decida vallar, es una inaceptable falta de valentía e iniciativa política. Aún más escandaloso es su reconocimiento explícito de que no se ha mantenido el barrio "como se debería" debido a un proceso urbanístico paralizado.
La misma alcaldesa Alba Bou ha llegado a entonar el 'mea culpa' y ha reconocido que el Ayuntamiento ha dejado de lado esta zona del municipio.
Los vecinos de la zona Seda-Paperera llevan 20 años pagando sus impuestos como el resto, y no merecen ser tratados como ciudadanos de segunda a los que se les niegan los servicios básicos por un desarrollo que nunca llega.
Como máximo responsable de la Policía Local, permitir que la degradación escale hasta el punto de que los propios residentes tengan que organizarse para realizar detenciones ciudadanas evidencia un fracaso estrepitoso. Votar en contra de un plan de choque, admitiendo al mismo tiempo el abandono y la degradación municipal, demuestra una alarmante falta de empatía.